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El recuerdo del Maracanazo, la tragedia de la pandemia y la factura que le cobraron las urnas

Compartimos una nota escrita el 8 de junio de 2020, en plena pandemia, que hacía referencia a la indiferencia y la ignorancia con la que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, encaraba la lucha contra el Covid-19 y los riesgos de que ese error fatal de gestión (11% de los muertos en el mundo por esta causa ocurrieron en ese país) fueran tenidos en cuenta por muchos brasileños a la hora de votar, algo que ocurrió. Todo enlazado con el recuerdo del Maracanazo que por esos días cumplía un nuevo aniversario. Un texto a tono con lo ocurrido el domingo en las elecciones presidenciales del vecino país y con la cercanía del Mundial de fútbol.

Desde chico siempre soñé que alguien me diera a elegir un momento de la historia de la humanidad, cualquiera, el que desee, por más remoto que fuera. Y una vez escogido, regresaría el almanaque y cumpliría en llevarme a ese momento y lugar preciso para vivirlo. Nunca dudé cuál tenía que ser el instante de la historia elegido. No hubiese optado por la escena en la que el hombre encendió fuego por primera vez ni la construcción de las pirámides de Egipto ni el esplendor del Imperio Romano ni Waterloo ni el Cruce de los Andes… Nada de eso. Se las hago fácil: yo siempre soñé con vivir el Maracanazo. Estar esa tarde del 16 de julio de 1950 en el Maracaná, en medio de las casi 220 mil personas que colmaron el estadio más grande del planeta construido para la ocasión, y ver como esos once uruguayos se quedaban con la Copa del Mundo ante el dolor de la ´Verdeamarela´. Ojo. La elección no es para burlarme de los brasileños. No. Me encantaría estar allí para ser testigo de la personalidad de Obdulio Varela, del juego de Juan Alberto Schiaffino, de la robusta presencia en el arco de Roque Máspoli y, por supuesto, de la veloz corrida por derecha de Alcides Ghiggia, a once minutos del final, cuando se le escapó al defensor Bigode, a quien ya había observado lento, hizo la diagonal hacia adentro, amagó con tirar el centro, y venció con un disparo junto a la base del poste izquierdo del arquero Moacir Barbosa que, engañado, le regaló ese primer palo, algo que ni él ni todo Brasil perdonaron nunca en la historia. El morocho Barbosa sufrió desde ese segundo y a lo largo de toda su vida la desgracia de ese gol en contra en esa tarde que pintaba para gloria, pero terminó siendo tragedia. Solo descansó en paz cuando murió y se llevó con él a la tumba ese dolor futbolístico que en países como Brasil es una verdadera crucifixión.

El fútbol marca los contrastes de las naciones de Sudamérica como ahora ocurre con la forma en que cada uno de sus gobiernos encara la batalla contra el Covid-19. Pongamos frente a frente el presente de los dos países en cuestión. Brasil, o mejor dicho su presidente Jair Bolsonaro, minimizó la peste que los está llevando a una desgraciada cuenta de enfermos y muertos que lo ponen arriba de las posiciones, en ese campeonato mundial que califica las políticas sanitarias, en tiempos de pandemia. Uruguay, en cambio, siempre fue un país más ordenado al que también lo ayuda cierta coherencia dirigencial que permite una continuidad de políticas públicas, más allá del perfil ideológico del gobernante que asuma. Es cierto que los ayuda ser un país chico y con pocos habitantes.

Los contrastes futbolísticos también distaban hace 70 años, cuando la lotería del fixture los puso frente a frente para definir un Mundial. Curioso: el Maracanazo es la final del mundo más recordada de la historia. Sin embargo, no fue una final sino la última fecha de un cuadrangular que definía el campeón. Los otros dos países que habían llegado a esa instancia fueron España y Suecia. Por eso, en esa tarde de Río de Janeiro, con el empate era campeón Brasil porque había arrasado con goleadas a los otros: 7-1 a los suecos y 6-1 a los españoles. En tanto Uruguay apenas pudo empatar con España en dos goles y ganarle sobre el final 3 a 2 a los nórdicos. Brasil se dio cita en el Maracaná para una fiesta, con el fin de ser por primera vez campeón mundial de fútbol. Si hasta se habían impreso páginas de los diarios que adelantaban la conquista. ¿A quién se le podía ocurrir que Uruguay triunfaría? Pero lo hizo. El resultado de esa tarde fue fundamento de ese concepto no siempre acertado del fútbol que lo tilda de «no ser un deporte lógico».Pero ´la Celeste´ había sido citada allí para escribir el mayor capítulo deportivo, cultural y social de su historia: el Maracanazo. Con ese triunfo iba a cerrar su época futbolística más gloriosa. Doble campeón olímpico en 1924 y 1928, y doble campeón mundial en 1930 y 1950. Ganándole finales a sus rivales de toda la vida: Brasil y Argentina. ¿Qué más se le podía pedir? Cuántas coplas que hoy cantan los jóvenes nacieron en aquellas tardes gloriosas de futbol: «vayan pelando la chaucha aunque les cueste trabajo, donde juega ´la Celeste´ todo el mundo boca abajo» o «como dice el ´Negro Jefe´ (Obdulio Varela), los de afuera son de palo y hoy no podemos perder». Y lo tamboriles del candombe siguen sonando…

Pero volvamos a esa tarde de 1950. Uruguay había dominado futbolísticamente el primer tiempo y hasta creó más posibilidades de ataque que Brasil. Pero terminó en cero. En el complemento a poco de iniciado llegó el gol local que parecía poner fin a todo. Friaça superó el vuelo estéril de Máspoli y 1-0. El grito ensordecedor de la multitud parecía adelantar el final feliz para los locales. Pero apareció el carácter de Obdulio. Tomó la pelota, la puso debajo de uno de sus brazos, y mantuvo un diálogo inentendible de varios minutos con el árbitro británico George Reader. ¿Diálogo? Si el juez no hablaba ni una palabra en español y Varela menos balbuceaba el inglés… Pero ese tiempo perdido, o mejor dicho ganado para los orientales, permitió que se silencie en parte el estadio. Una vez conseguida cierta calma, Varela entregó el balón para que se pusiera en juego lo que restaba de partido. A los 21 minutos el propio Obdulio habilitó a Ghiggia por derecha, éste vio entrar por el medio a Schiaffino con cierta libertad de marca, y pudo concretar el empate. Después lo conocido, el momento sublime y el 2 a 1. La locura que genera el fútbol: el suicidio brasileño y la alegría oriental.

Obdulio Varela y el número 5 inmenso en la espalda de su camiseta fue especial para el equipo antes, durante, y después de esa victoria.

Antes: porque en el túnel, cuando caminaban hacia el césped marcó los tiempos, esperó que Brasil saliera al campo primero, que explotara el público de alegría para que recién allí ellos ingresaran y recibieran parte de esa alegría, aunque no les correspondía. Además, así evitaron la silbatina que podía aflojar el pellejo de alguno de los futbolistas más jóvenes.

Durante: por la charla con el referí que volvió a marcar los tiempos del partido que la gente jugaba desde la tribuna. Ocurre que el Maracaná era una hoguera e intimidaba a muchos. Menos a Varela, eso quedó claro.

Después: porque no festejó con el grupo y salió de copas por las calles de Río de Janeiro, para compartir la mesa con tristes brasileños en bares, a quienes consolaba sin decirles, claro, que él era uno de los principales generadores de ese dolor que los aquejaba. ¡Qué personaje ´el Negro Jefe´!

Dirigentes uruguayos habían charlado con el plantel la noche anterior al partido y les dijeron que salieran tranquilos a jugar y les recomendaron que no se comieran una goleada. Esos directivos, tras el consejo, regresaron a Montevideo y ni siquiera se quedaron a ver el encuentro. ¿Cómo habrán podido vivir el resto de sus días? ¡Qué vergüenza!

El propio Jules Rimet, el creador de los mundiales y presidente de la FIFA por esos días, se encontraba en el Maracaná para entregar la Copa (que llevaba su nombre y se pondría en juego hasta México ´70). Tenía listo un discurso escrito en portugués como parte del protocolo de entrega del premio al que se suponía que sería el campeón, el seleccionado local. Nada de eso ocurrió, no hubo discurso, no dijo una sola palabra en castellano, y en medio de una montonera de gente buscó a Varela y le entregó el trofeo. Tan informal fue todo que se vieron muy pocas fotos de ese momento.

Alguna vez Ghiggia contó que quisieron hacer un festejo íntimo por la noche, entre el plantel y el cuerpo técnico. No consiguieron que el tesorero les diera unos pesos para comprar unos sandwiches y bebidas, por lo que tuvieron que hacer una ´vaquita´ entre todos. Otros tiempos del fútbol. Se imaginan hoy lo que hubiese sido celebrar semejante conquista…En todos los rincones de Uruguay, el pueblo oriental salió a la calle para festejar y marcar a fuego sobre su piel la hazaña una vez más lograda por ´la Celeste´. Y a poner en letras de oro el nombre de cada uno de sus héroes de esa tarde que se transformaría en eterna, aunque solo hayan sido 90 minutos de fútbol.

Nunca en la historia de la humanidad hubo una contienda en la que solo once valientes vencieron en campo de batalla ajeno a un ejército de más de 200 mil enardecidos que los tenían rodeados. Cosas del fútbol. Pasaron 70 años y docenas de mundiales y el Maracanazo difícilmente sea superado como pieza futbolística pero también como relato histórico.

Imagínense si el arquero Barbosa soportó toda su vida la condena pública por haber dejado el primer palo libre para el gol de Ghiggia, lo que será para Bolsonaro escapar de la condena por la tragedia a la que sometió a su pueblo al considerar a la pandemia como una simple ´gripezinha´. Pero somos Sudamérica y muchas veces un gol tiene más relevancia que una gestión de gobierno.

Mejor terminemos con fútbol y en dos frases definamos el Maracanazo.

Primero la de Barbosa: «la pena máxima en Brasil por un delito son treinta años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida».

Y por último la de Ghiggia: «el Papa, Sinatra y yo fuimos los únicos que silenciamos el Maracaná».

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